miércoles, 14 de agosto de 2013

EL FUTURO DEL RÍO









La misma idea de navegar por el Riachuelo sigue sonando, en este siglo XXI, absurda. El Riachuelo no se navega, se evita o se padece. Es un no-lugar tóxico que rechaza –algo insoluble– un agujero negro de esta ciudad. Hasta que un buen día invernal, de sol, subidos a una lancha y zarpando del amarradero de Acumar en la Vuelta de Rocha, la experiencia se pone turística, placentera, cuerda. Puede parecer un milagro, pero hasta el más reacio empieza a creerse que es posible recuperar este borde de Buenos Aires, ampliar la ciudad y darle nada menos que una nueva costa.

El reciente aniversario de la orden de la Corte Suprema para que la provincia, la ciudad y la nación resolvieran de una vez el problema de la contaminación del río pequeño, fue ocasión para un aluvión de notas técnicas, balances y powerpoints. Lo que no quedó tan en claro es que el Riachuelo, como lugar físico, real, está muy cambiado. Y esto puede significar nada menos que el movimiento del eje imaginario de la ciudad.

Es que Buenos Aires tiene, como todo lugar, un paisaje en la mente de sus habitantes. Con las variaciones de dónde viva cada uno, la cosa funciona más o menos como una primera tensión entre un río tan inmenso que funciona como una barrera natural a la que sólo se le animan los navegantes avezados. El Plata es un río de una orilla, lo que deja a la ciudad medio desconcertada frente a él. Famosamente, los porteños le damos la espalda.

Luego viene la misma inmensidad de la ciudad, prolongada en sus ciudades suburbanas que forman una megaurbe interminable. Esta ciudad, parece, sólo cambia por acción humana y no hay nada en ella que sea natural: casi no se nota el suave relieve y los cursos de agua fueron asfaltados o quedaron en un “allá” poluido y vedado.

Pero el Riachuelo, a vuelo de Google, está como en el medio de una zona urbana que va del Delta a La Plata y es un río de dos orillas, como un Sena o un Tíber. ¿Es posible imaginar que como esos ríos urbanos alguna vez esté mentalmente en el centro de nuestra ciudad? Limpio, con algunas industrias en plena revitalización –la Siam está siendo reconstruida– y parques lineales en sus veras, el pequeño río puede estar dando estos pasos para ser otra cosa.

Todo esto es posible soñarlo o sospecharlo desde una lancha por el cambio de escala. Si primero se apunta para afuera, se está en una inmensidad naval, de buques de calado, containers e islas industriales. Pero apuntar hacia el interior permite descubrir un río con escala de avenida, con ciudad a ambos lados. La sorpresa inicial es ver Buenos Aires desde un punto de vista alternativo, poco usual, ligeramente desde abajo y desde el agua. Luego, que prácticamente no hay basura. Para el aniversario, la Acumar –la Autoridad de la Cuenca del Matanza-Riachuelo– difundió fotos de “antes y después” que permiten confirmar recuerdos personales: las aguas tapadas de basura urbana, botellas y bolsas, y decoloradas por los desechos industriales. Nada de esto se ve ya y se puede navegar por agua marrón porteño y la única basura que se ve está atrapada en las barreras flotantes. Porque tampoco es cuestión de pensar que nadie tira nada...

Las costas de este río se habían transformado en una villa lineal, hogar de los más pobres y excluidos. Parte de la política de limpiar la zona era relocalizar a estas familias en viviendas dignas, con mínimos servicios. En Lomas de Zamora viven mejor 24 familias, en La Matanza 122 de los asentamientos Mi Esperanza, El Mosquito, La Saladita y Don Juan, y en Avellaneda 18 del barrio Puente Bosch. La ciudad parece ser más insensible y las 275 familias de los asentamientos Luján, El Pueblito, Magaldi y puente Victorino de la Plaza siguen todavía ahí. Desde la costa se pueden ver algunos de los nuevos barrios que, gratamente, no son monoblocks sino casas a escala humana con un entorno urbanizado y algo de terreno libre. Estos barrios eran escenarios de miseria y enfermedad, y también fuentes de polución del río por simple falta de infraestructura.

Este panorama cambia drásticamente al pasar la altura de Parque Norte. El Riachuelo arranca como paisaje urbano industrial del siglo XIX, con maravillas como la Barraca Peña y los puentes más viejos. Luego se encuentra la inversión industrial del siglo XX, con fábricas, más barracas –la vieja palabra para los depósitos vinculados a la navegación– y puentes y mucha vivienda. Pero a cierta altura el navegante se siente en un lugar rural, una suerte de segundo Delta con un eco urbano por atrás. Es asombroso saber que uno está entre la Capital y la mayor concentración humana del conurbano, viendo pájaros y árboles.

Esta limpieza implicó empadronar 12.701 potenciales agentes poluyentes, de los cuales casi siete mil son industrias. Curiosamente, los culpables de los famosos olores del Riachuelo son apenas 884, de los cuales 154 fueron perentoriamente clausurados –con el caso de un industrial cabezón al que le cerraban el caño y habría otro, hasta que le cerraron directamente la fábrica– y 177 ya fueron reconvertidos. También hubo que levantar 186 basurales clandestinos y se están erradicando otros 83. “Levantar” es literal, porque se removieron casi 300.000 metros cúbicos de basura “civil” y casi 19.000 toneladas de residuos industriales. Esto se reemplazó con 179 puntos legales de recolección municipales y la extensión del servicio de recolección a 11.000 familias en barrios precarios.

En el Puente de la Noria se puede ver una gran caja metálica, como un container, alambrado y enrejado. Es una estación de monitoreo ambiental que permite saber, por ejemplo, que el agua ya no es una suerte de ácido diluido. Falta para que vuelva a haber peces, entre otras cosas porque la cuenca es un curso lento y le cuesta oxigenarse, pero los pájaros vadeadores ya se están aquerenciando de nuevo.

Tal vez los humanos podamos hacer lo mismo. Y tal vez veamos un cambio de eje de toda nuestra megaciudad, gracias a la limpieza de una cuenca. Eso sí que sería diferente.





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