Peter Thiel nació en Alemania en 1967, al año se mudó a California, luego a Sudáfrica y en 1977 definitivamente a los EE.UU. Maestro de ajedrez, estudió filosofía en Stanford, donde publicó un periódico para difundir sus ideas libertarias.
Su primera gran empresa fue PayPal, una de las primeras Fintech del mundo. Luego de competir con Elon Musk, quien tenía un proyecto similar, decidieron unir fuerzas. Musk era el CEO de la nueva empresa cuando se fue de luna de miel: al volver encontró a Thiel en su sillón. Para sorpresa de todos el temperamental sudafricano no lo tomó tan mal y siguen siendo amigos hasta hoy.
En 2003, al calor de la caída de las torres gemelas, fundó Palantir, una empresa que utiliza grandes cantidades de datos y los procesa con IA para encontrar patrones. El nombre hace referencia a las piedras “palantiri” que permiten ver «más allá», inventadas por J.R.R. Tolkien para El señor de los anillos. Esta es no solo la principal fuente de su fortuna sino también de su poder.
En el gobierno de Donald Trump, Palantir creció abruptamente en contratos e integración con el aparato administrativo norteamericano. J.D. Vance, el vicepresidente de EE.UU. fue prácticamente ungido por Thiel quien le dio un firme apoyo financiero para la campaña.
Actualmente, Palantir es parte de múltiples reparticiones, desde el criticado servicio dedicado a detectar inmigrantes ilegales, el ICE, hasta el IRS (el ARCA estadounidense) o proyectos militares como los ataques a Venezuela o Irán.
El CEO de la empresa, Alex Karp,
es su amigo de los tiempos de Stanford. Karp se doctoró en filosofía en
Alemania y tiene una gran afinidad ideológica con Thiel, según se puede
ver en su libro (escrito junto a Nichola Zamiska) llamado La República tecnológica en el que sostiene que “Silicon Valley ha perdido el rumbo”, se aburguesó y desarrolló tecnología de punta para hacer AI Slop y compartir fotos en lugar de luchar patrióticamente por su país.
Esta misma semana publicó una suerte de manifiesto
sacado de su libro con 22 máximas entre las que se cuentan, por
ejemplo, una crítica a la «superficial tentación de un pluralismo vacío y
hueco». También asegura que la IA será desarrollada tarde o temprano y
EE.UU. debe hacerlo antes que sus enemigos, que «la decadente» clase
dirigente debe actuar antes de que sea tarde. «Los límites del poder
blando, de la simple retórica gradilocuente, han quedado expuestos»: lo
que se necesita es poder puro y duro. Todo realizado horas antes de la
reunión con Milei.
En resumen, el posteo de Palantir da un marco teórico que podría
explicar, a grandes rasgos, el caprichoso derrotero de la política de
Trump: su desprecio por las instituciones internacionales, sus
decisiones unilaterales, la apuesta a la tecnología (sobre todo la IA)
quitando regulaciones que «dificultarían» su desarrollo y su obsesión
por impedir que China siga creciendo.
Thiel, casado con Matt Danzeisen, que fue presidente de BlackRock y
con quien tiene dos hijos por vientres subrogados, es (al igual que La
Libertad Avanza) un fervoroso agresor de lo que llama la «cultura woke».
La República Tecnológica. Este es el título bajo el que Palantir ha presentado su batería de pronósticos sobre el futuro de Estados Unidos y Occidente. La big tech se posiciona abiertamente del lado del trumpismo y propone un nuevo marco político, social y cultural, un marco en el que la inteligencia artificial marcará el camino de los conflictos internacionales y de la carrera imperialista de la Casa Blanca. El comunicado que ha emitido la empresa a través de sus redes sociales consta de veintidós puntos en los que carga contra “la tiranía de las aplicaciones”, pide un "servicio militar universal" y defiende “una era de la disuasión construida sobre la inteligencia artificial”. Palantir también invita a buscar la paz a través de la guerra y pide “aplaudir” a los magnates que “intentan construir allí donde el mercado no ha sabido actuar”, monopolizándolo todo mediante acuerdos con las administraciones, como hicieron en su día Donald Trump y Elon Musk.
Palantir presenta esta batería de propuestas como un extracto -resumen, incluso- del libro que publicó en febrero del año pasado uno de sus cofundadores y actual CEO, Alex Karp. El empresario no se dejó ver en las fotos de la segunda investidura de Trump, como sí hicieron Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o el propio Elon Musk. Las dudas sobre su presencia aquella noche en el Capitolio siguen circulando por Washington. Lo que sí quedó más que acreditada fue su buena relación con el mandatario estadounidense -y con su entorno- desde que arrancó esta última legislatura. Palantir trabaja con el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos para identificar y expulsar a personas migrantes sin documentación, todo ello a través del ICE. La compañía también proporciona tecnología y recursos de inteligencia artificial al Ejército de Israel, una colaboración que se intensificó tras los ataques del 7 de octubre de 2023 contra la Franja de Gaza.
Una empresa de vigilancia que nunca ganó una elección pretende definir quién es una amenaza. Palantir no vende software: vende una cosmovisión. Y el gobierno argentino le está abriendo la puerta con el DNU 941/2025. Soberanía digital o control corporativo.
Palantir emitió un manifiesto haciendo pública su ideología, objetivos y fines políticos. Palantir no es un partido político, ni es un Estado, sino que se trata de una empresa de análisis y procesamiento de datos, vigilancia y ciberespionaje. Se ha especializado en la creación de algoritmos, sistemas de blancos y detección de objetivos para ejércitos y ministerios de defensa, de los cuales es su principal contratista en los países occidentales, sobre todo en los Estados Unidos, donde ostenta contratos con el Pentágono y con ICE, además de sus acuerdos con la OTAN, policías metropolitanas y diversos organismos de inteligencia e involucramiento en gobiernos incluso en materia de salud, como en la NHS británica.
Como corporación privada y, por lo tanto, opaca y sin controles públicos, Palantir ha logrado inmiscuirse de tal modo en distintos gobiernos que se ha convertido virtualmente en un Estado dentro del Estado, incluso en áreas de extrema sensibilidad para la vida de las personas, como su rol en organismos de inteligencia y su manejo de datos en materia de privacidad, integridad humana, seguridad física y de datos de las personas.
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