viernes, 24 de enero de 2025

HAY QUE ENCONTRAR LA SALIDA

 
 
¿Qué nos está pasando? ¿por que no hay reacción de nuestros dirigentes ante tanto desprecio y violencia por parte del gobierno de Milei? 
 
¿Por qué no genera rechazo generalizado la pobreza planificada? 
 
¿Por qué una parte de la población todavía le cree y tiene esperanzas de mejoras? 
 
¿Qué tiene que hacer el peronismo para recuperar la iniciativa política, volver a enamorar y conquistar una patria justa, libre y soberana?
 
van algunas ideas...
 
 
La democracia argentina atrapada en el laberinto neoliberal
 
El gobierno de Javier Milei no es un fenómeno aislado, sino el síntoma más reciente de una crisis estructural que arrastra a las instituciones de la democracia argentina. Durante décadas, el fracaso de los gobiernos tanto de derecha como populares en cumplir con sus promesas de cambio ha alimentado el descontento social y minado la confianza en la política tradicional.
 
Este contexto abrió paso a una figura que se presenta como rupturista, pero que en realidad cristaliza la entronización del gran capital internacional y las élites empresarias locales, desplazando al Estado como garante de derechos.
 
Lejos de revitalizar la democracia, el ascenso de Milei profundiza su deterioro. Las instituciones democráticas, ya debilitadas, parecen cada vez más subordinadas a los intereses del mercado, en un escenario que cuestiona no solo la calidad del sistema, sino su capacidad para ser una herramienta efectiva al servicio de la ciudadanía.
 
El fracaso de la democracia como motor de transformación
 
En la Argentina, en las ultimas décadas, la política ha perdido gran parte de su potencial transformador. Los ciclos electorales, diseñados para que el pueblo decida su destino, han quedado reducidos a un ritual que carece de impacto real en la vida cotidiana. La alternancia en el poder se ha transformado en una ilusión: cambian los nombres y los colores partidarios, pero no las reglas de juego. Tanto la derecha como los sectores autodenominados populares han terminado administrando un modelo que perpetúa desigualdades, favorece al capital transnacional y relega al Estado a un rol marginal.
 
El ideal democrático de empoderar a los pueblos y darles control sobre su destino parece un recuerdo distante. Promesas de cambio tropiezan sistemáticamente con las mismas barreras: una deuda externa asfixiante, la presión del Fondo Monetario Internacional (FMI), acuerdos diseñados para beneficiar a las elites económicas y una economía dependiente de la exportación de recursos naturales.
 
Las elecciones, en este contexto, han perdido su capacidad de incidencia. En lugar de generar un cambio estructural, se limitan a definir qué sector administrará la crisis. Este escenario de «democracia formal» –que reduce la participación ciudadana al acto de votar– es una máscara que oculta la ausencia de una democracia efectiva, aquella que involucra a la sociedad en las decisiones cruciales. La política argentina atrapada en la lógica neoliberal
 
Desde el retorno a la democracia en 1983, Argentina ha oscilado entre gobiernos que, pese a sus diferencias discursivas, consolidaron un modelo centrado en el ajuste, la concentración de la riqueza y la dependencia externa. La promesa de construir una nación justa, libre y soberana quedó subordinada a los intereses de los mercados internacionales y las élites locales.
 
La década de 1990 marcó un punto de inflexión con el avance del neoliberalismo: privatizaciones masivas, desindustrialización y un desempleo estructural que fragmentó el tejido social. Aunque en los años posteriores hubo intentos de revertir parcialmente este modelo, la falta de cambios estructurales permitió que las dinámicas del capital transnacional siguieran definiendo el rumbo del país. Hoy, tanto desde el oficialismo como desde la oposición, las propuestas tienden a adaptarse a esta lógica, más preocupadas por la estabilidad del sistema que por transformar sus bases.
 
Esta desconexión entre la dirigencia política y los problemas de la ciudadanía se refleja en el creciente escepticismo de los sectores populares. Las mismas preguntas resuenan en los barrios humildes, en las zonas rurales y en las ciudades: ¿Para qué votar si nada cambia? ¿Cómo confiar en promesas que nunca se cumplen? El pueblo, rehén de una democracia incompleta
 
Mientras tanto, la precarización de la vida cotidiana se vuelve permanente. Más del 50% de la población vive bajo la línea de pobreza, y millones enfrentan inseguridad alimentaria y habitacional. A pesar de esta realidad, el debate político sigue girando en torno al cumplimiento de metas impuestas por organismos internacionales, ignorando la construcción de un modelo inclusivo que priorice a las mayorías.
 
La democracia, que debería ser el camino para resolver las desigualdades, ha terminado convertida en un dispositivo que legitima un sistema excluyente. Los candidatos, sin importar su color político, compiten por demostrar quién puede aplicar con mayor eficacia las recetas de ajuste. En este contexto, la política pierde sentido como herramienta de transformación y se reduce a una gestión burocrática al servicio de intereses ajenos al pueblo.
 
• Más democracia como respuesta
 
Ante este panorama desalentador, es fundamental rechazar las tentaciones autoritarias o las propuestas que buscan reducir la democracia a su mínima expresión. El problema no radica en el sistema democrático en sí, sino en su vaciamiento. La salida no pasa por menos democracia, sino por una democracia más profunda, participativa y efectiva.
 
En definitiva, el desafío es devolverle sentido a la política como herramienta de transformación y a la democracia como el espacio donde los pueblos pueden, efectivamente, decidir su destino. Porque solo con más democracia será posible salir del laberinto neoliberal que ha atrapado a la Argentina en un ciclo interminable de crisis y frustraciones.
 
 
 
 
 
 
En estos días, ante la acumulación de escenas distópicas como el mensaje con que Trump inició su gobierno o su propia gestualidad, el saludo nazi de Elon Musk (como si recién nos hubiéramos dado cuenta de sus rasgos totalitarios debido al saludo, y no por las acciones políticas y culturales que jalonan su vida) y las excentricidades de Javier Milei, hasta el extremo de besar la bandera de los Estados Unidos o su amenaza de que perseguirá a las personas de izquierda adonde se encuentren, nos preguntamos ¿Por qué?, ¿Qué ha sucedido para que lleguemos a estos extremos? ¿Qué hacer frente a semejante caos informativo que algunos especialistas llaman “guerra cognitiva”? ¿Cómo volver a un mínimo orden lógico para reorganizar nuestra escala de valores?
 
No me voy a referir a “Qué hará Trump una vez en el gobierno”, sino que esbozaré de manera muy inicial e incompleta, algunas aproximaciones a “Por qué Trump, Milei, Bolsonaro y otros liderazgos autoritarios llegaron al gobierno”.
 
Una primera respuesta está en el tema que José Ortega y Gasset aborda en su obra de 1923, curiosamente 1923, “La cuestión de nuestro tiempo”. Trump en los EEUU, como Milei en Argentina, fueron capaces de interpretar y capitalizar políticamente cuál es la cuestión del tiempo que a cada una de esas sociedades nos toca vivir.
 
Un primer bosquejo es que en la etapa que atravesamos emerge una realidad de carácter social muy generalizado que es la frustración, el malestar, la sensación de desamparo, la impotencia, el desencanto frente a las promesas fallidas que nos formulara la política, el fracaso de los últimos gobiernos. Esto deriva en la desconfianza hacia la figura del Estado.
 
El sujeto frustrado, que no se sintió suficientemente reconocido, se toma revancha, no una revancha colectiva, comunitaria (como hubiera sido en los 70), sino individual. Y surge lo que Jesse Souza denomina “el pobre de derecha”. Quien, sumado a los que tradicionalmente profesan las ideas de derechas, constituyen una nueva mayoría.
 
Las mal llamadas redes sociales, por cuanto están llamadas a destruir los lazos sociales más que a fortalecerlos, acentúan este rasgo dominante de nuestras sociedades del occidente geopolítico. Su peso es enorme porque se han tornado imprescindibles para la vida cotidiana que emprenden las mayorías: a través de ellas circulan las relaciones familiares y de amistad, la educación, el trabajo, el comercio, el esparcimiento. Y, al ser relaciones que eluden la presencialidad, son individuales, no movilizan colectivamente sino que aíslan, fragmentan.
 
Cada vez que se produce una transformación estructural de la sociedad, es decir, cuando un rasgo saliente pasa de ser inicial o marginal a ser mayoritario, ese sujeto social en el cual se encarna el nuevo rasgo pasa a ser el sujeto dominante, y más temprano que tarde reclamará una nueva modalidad de gobierno.
 
Ahora bien, ese nuevo sujeto dominante puede ser activo o pasivo. La burguesía ascendente que se transformó en la clase dominante al dar lugar a la Revolución Francesa decidió gobernar. Un siglo más tarde, el proletariado en ascenso como nuevo sujeto social también decidió darse formas de organización para disputar el gobierno. En cambio, este nuevo sujeto social, el de nuestro tiempo, es mayoritario, pero no comunitario. Y en cuanto al dilema de gobernar o no, es pasivo, no es proactivo como los anteriores. Es decir, ha decidido “ser gobernado”, en lugar de gobernar.
 
Al tratarse de un sujeto social no comunitario sino mera agregación de individuos, no es solidario, sus demandas al gobierno son caóticas. No tiene otras ansias que protagonizar las relaciones inter-individuales, pero no societarias, por eso no necesita un gobierno que le demande protagonismo, sino uno en el cual delegar la autoridad, es decir, autoritario.
 
Al no haber lugar para todos debido al fracaso de las políticas económicas aplicadas tanto por las derechas convencionales como por quienes se presentaron como su alternativa, las figuras que encarnan los nuevos liderazgos políticos expresan el desprecio o el temor al otro, la intolerancia ante la diversidad, sea esta de identificaciones sexuales, de etnia o de nacionalidad.
 
Además, temas verificables y comprensibles como el cambio climático y la transición hacia las energías limpias, tampoco fueron interpretados por la política tradicional en beneficio de los pueblos, sino de los intereses financieros dominantes. No llevaron a una descolonización de la cultura dominante, la economía y la tecnología, sino todo lo contrario, a la maximización de la ganancia y la concentración descomunal de la riqueza. Por eso no tiene alto costo social la negación de la catástrofe ambiental.
 
De todo esto surge la frustración generalizada, como reacción que genera el caldo de cultivo para este tipo de discursos reaccionarios.La autoridad del Estado, cooptada por las grandes corporaciones ante la debilidad y la incompetencia de la política tradicional, queda reducida para ellos a tres funciones esenciales. 1. Adaptar las normas del poder administrador, el legislativo y el judicial para garantizar a los grupos dominantes la inviolabilidad de sus bienes tangibles e intangibles, es decir, su derecho de propiedad física e intelectual. 2. Levantar las fronteras del Estado nación frente a la inmigración causada por la pobreza y las guerras. 3. Estigmatizar, criminalizar y reprimir la protesta social adicionando las fuerzas armadas a las de seguridad interna, dado que la defensa exterior queda reservada a las bases militares controladas por el complejo militar industrial trasnacional. Estado subordinado en lo económico y totalitario y represivo en lo político y social.
 
Aún así, creo que este tiempo individualista, xenófobo, autoritario y discriminador no está consolidado todavía. Las bases de la sociedad que remplace al neoliberalismo que se ha agotado en términos históricos, están en disputa.
 
La primavera geopolítica que Milei imagina a través de su relación con Trump, Musk y otros exponentes de la extrema derecha no tiene garantizado el futuro. Las bravuconadas provenientes de ese universo, el proteccionismo y el negacionismo pueden ser, antes que una señal de fortaleza, un signo del declive relativo de la hegemonía global de los Estados Unidos. Hoy, el dominio de los mares, la construcción de la infraestructura de los puertos, el control del comercio, los acuerdos de inversión, el PBI industrial, las patentes y las nuevas tecnologías, pertenece a China. Es por eso que, ante la pérdida del otrora dominio global, necesita reforzar el control sobre el continente americano y la hegemonía del anglosajón tradicional, blanco y protestante frente a la inmigración creciente del latinoamericano mestizo y católico, y de otras latitudes.
 
Las políticas de Trump son de internalización de su economía y no de ayuda financiera externa. Las coincidencias con Milei tienen que ver, por un lado, con su afinidad ideológica, y por otro, con la complementación económica que supone la necesidad de Trump de apropiarse de nuestros recursos estratégicos y la cipaya predisposición de Milei para entregárselos. Pero se trata de una burbuja que no tiene asegurada su perdurabilidad. Nuestro desafío es que la cuestión de nuestro tiempo no sea entregarnos a esos valores, sino rivalizar con ellos. No sólo en los contenidos, sino también en las formas, en las actitudes, en los gestos, en los climas.
 
Por más cortos que sean los tiempos de tik-tok, por más veloces que sean los cambios tecnológicos, el corazón del ser humano sigue latiendo a la misma velocidad. Y no existe una persona que no haya necesitado, alguna vez en su vida, un hombro solidario donde apoyarse para calmar una adversidad. La naturaleza del ser humano no vibra al ritmo de la cultura de “Los juegos del hambre”, matar para que no me maten. La solidaridad, la convivencia, el espíritu comunitario, son inherentes a la persona humana.
 
Si alguien sufre a nuestro lado no merece que lo pisemos para hundirlo aún más sino que le tendamos la mano para que se sienta reconfortado y reconocido. Los bienes cuya utilización nos corresponde a todos y a todas, deben ser administrados con un sentido inclusivo y no excluyente, con un sentido ético y no puramente monetario y mercantil. Por una autoridad pública y no por una corporación privada. Pero esto no debe ser mera retórica para defender al Estado y la autoridad pública a como dé lugar, sino exigencia de que sea eficiente y cumpla con sus funciones. Que no maltrate al ciudadano que lo demanda sino que lo escuche y lo incorpore. En tiempos en que es más fácil reaccionar y agredir, debemos recuperar el valor de la conversación, del argumento. Quien sufre no merece ser expulsado sino comprendido y ayudado a que se realice.
 
Desde el punto de vista del plan económico, Milei nos sitúa en la cuarta edición en cuatro décadas de un modelo basado únicamente en la valorización financiera, sin producción, sin industria y por lo tanto sin puestos de trabajo de calidad. Como en las ocasiones anteriores, una vez que el sector financiero llene sus arcas a costa de la entrega del país, estallará la burbuja, la economía entrará en crisis y el movimiento nacional y popular tendrá que hacerse cargo de ella.
 
Que estemos viviendo un tiempo adverso no implica en absoluto una espera pasiva. El sufrimiento y el dolor de nuestra gente y el daño patrimonial a nuestra independencia económica no admiten ninguna especulación de tipo electoral o generacional.
 
Confluirá el hartazgo social con nuestra reorganización. En ese momento el pueblo, con nuevas necesidades pero también ávido de aquellos valores que siempre hemos sostenido, volverá a abrir sus oídos para escucharnos y su corazón para restablecer una relación que está interrumpida. De la inteligencia con que organicemos nuestro movimiento para emitir un mensaje claro y confiable, dependerá que estemos a la altura para interpretar “la cuestión de ese nuevo tiempo”.
 
Ante una ofensiva tan abarcadora como la que atravesamos, nuestra estrategia son todas las estrategias, en todos los planos. El de la argumentación, el del gesto amistoso, la escucha. En el plano simbólico de las redes sociales, que, al igual que el territorio físico tiene calles, barrios y autopistas. En el plano del arte, la música, la literatura, la historieta, el humor. En el viaje entre el sistema de ideas y la salita del hospital. Entre la geopolítica y el almacén. Y con una propuesta muy clara sobre cada una de las demandas populares.
 
Y con la actitud y la convicción que Martin Luther King sintetizó en aquella hermosa frase: “Aún si supiera que el mundo mañana va a desaparecer, yo igual plantaría mi manzano”.
 
 
 
 

 
 
 
♦♦♦ El pobre de derecha
 
Recorrido por el libro “EL POBRE DE DERECHA”, con el subtítulo “La venganza de los bastardos”, escrito por el sociólogo brasileño Jessé Souza, publicado en portugués en 2024 por Civilização Brasileira, y todavía no traducido al español.
 
La pregunta central sobre la que gira esta obra es ¿Por qué una parte significativa de los pobres vota masivamente en todo el mundo por candidatos de la derecha radicalizada? ¿Cómo fue que sucedió esto?
 
Y en el transcurso del libro Jessé Souza desestima que se trate de razones de índole económica las que generan este fenómeno novedoso en Occidente, de pobres votando a un sector político, como la extrema derecha, que habitualmente perjudica a los más desprotegidos y privilegia a los más poderosos.
 
Si, como dice Souza, las razones no son económicas, entonces ¿cuáles son esas razones?
 
La respuesta del sociólogo brasileño es que las razones son morales. Para sostener esta hipótesis de que es una motivación moral lo que moviliza a los pobres a votar por candidatos como Trump o Bolsonaro, Jessé Souza elabora una interesante teoría, a la que llama “Síndrome del Joker”.
 
Basándose en el personaje de la película “El Joker”, de 2019, plantea que sus características son más habituales que las que se supone en este mundo neoliberal en el que vivimos: este antihéroe es pobre, cuida de una madre enferma y es constantemente humillado en casa, en el trabajo y en la calle. Humillado por su madre, por sus colegas, por el gobierno, por los otros. Y es humillado finalmente, por la atroz soledad que le hace vivir una vida sin imaginación ni fantasía.
 
La HUMILLACIÓN es precisamente la herida moral que el sistema produce en los pobres y es a partir de ella que se produce su reacción que los termina arrojando a los brazos de la derecha.
 
La derecha radicalizada le ofrece al humillado un lugar en el que sentirse más poderoso y hasta derivar su resentimiento mediante la agresión a los más débiles aún que ellos.
 
Nos habla Souza de un Falso Moralismo que las elites construyen para legitimar un nuevo racismo, esta vez no apuntado a la raza, sino a las diferencias culturales, que de ese modo habilitan un trato agresivo hacia los más débiles, sin culpas ni rastros de incorrección.
 
Los invito a recorrer el libre de Jessé Souza para asomarnos a una perspectiva de una incógnita muy analizada en nuestro tiempo: por qué los pobres pueden votar contra sus intereses...
 
 
 
 

 

 
 
 
 

1 comentario:

  1. Estos productos sujetos encantadores de masa popular , mutan en laboratorios políticos reaccionarios oligárquicos y burgueses populistas fascistas neoliberales!!

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