GLIFOSATO

La Saga del GLIFOSATO: Lino Barañao desacreditó el trabajo de Andrés Carrasco y defendió al glifosato (y al modelo agropecuario). Y no dejó de hacerlo en cuanto micrófono se acercara. Incluso cuestionó el trabajo de Carrasco en encuentros de Aapresid (empresarios del agro) y, sobre todo, en el Conicet...

domingo, 9 de septiembre de 2018

MUERTE + MUERTE, LA SAGA DEL GLIFOSATO






Fabián Tomasi, el ex fumigador de la localidad entrerriana de Basavilbaso que dedicó los últimos años de su vida a luchar contra los agrotóxicos, falleció el viernes 7 de septiembre, tras padecer una neumonía por la que estaba internado desde hacía cinco días.

Se le había declarado desde hacía varios años una polineuropatía tóxica metabólica severa, que le causó una disfunción del sistema nervioso periférico. Contrajo la enfermedad a raíz del contacto con los venenos, ya que, según explicó, nadie le advirtió de los riesgos que corría y trabajaba sin protección. Tomasi fue uno de los personajes retratados por el fotógrafo Pablo Piovano, de larga trayectoria en Página/12, en su libro El costo humano de los agrotóxicos, en el que dio testimonio de las consecuencias del uso de los pesticidas.

Pablo Piovano




El 15 de marzo de 2008, Marie Monique Robin lanzó en Francia su último trabajo de investigación que la llevó a recorrer el mundo. El resultado es: "El mundo según Monsanto", un libro y un documental de dos horas que denuncia los efectos negativos mundiales que provocan los productos agroquímicos y las semillas de soja transgénica que comercializa la empresa más grande del mundo en el rubro. El documental denuncia el impacto económico, ambiental y sanitario que generan las semillas transgénica de soja y el roundup. Argentina tenía 16 millones de hectáreas plantadas con semillas de Monsanto y ya entonces, Robin creía que el país “está marchando hacia un suicidio programado...”


¿Para qué sirve un científico? ¿Para quiénes trabaja, investiga, descubre? En general, los científicos y la ciencia están al servicio de las corporaciones. Pero hay excepciones. ANDRÉS CARRASCO confirmó los efectos devastadores del glifosato y acompañó con su investigación a los pueblos fumigados. Aunque nadie lo escuchó.

Él no se fue, no se exilió, no era un científico repatriado; era un científico ninguneado. ¿Quién dijo "nadie es profeta en su tierra"?

10 de mayo 2014, a los 67 años, ANDRÉS CARRASCO se murió, y muy poco se habló de él, igual que cuando estaba vivo, se lo ignoró nuevamente. Había sido presidente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) entre 2000 y 2001, y fue un reconocido especialista internacional en biología del desarrollo...


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TERMINÓ DE CONSUMARSE EL ASESINATO DE FABIÁN TOMASI

O por qué no: "La soja se cobró una muerte", como para emular al recientemente fenecido panfletario Julio Blanck, quien fue capaz de titular "La crisis se cobró dos muertes", cuando la cana mató a Kosteki y Santillán en Avellaneda. Claro, si no hubiese cambiado de barrio...

(a propósito, no lamento en absoluto la transición de este enemigo de la Patria, ni saludo a sus deudos, ni pido una plegaria en su nombre)

Pero la posta es la tristeza, con bronca acumulada, la gana loca de que paguen todos los culpables cuando me entero de la muerte (que digo, asesinato) de Fabián Tomasi, quien estaba resignado esperando a la Parca, en su pueblo pero ahí, a la vista, como un testimonio del desprecio, de la condición humana en su peor expresión... el exfumigador que abandonó la cáscara maltrecha que los sostenía hoy por la mañana, en la ciudad de Basavilbaso.

El pobrecito flaco es uno de los tantos exponentes de las graves consecuencias del uso de los agrotóxicos, responsables últimos de su fallecimiento. Pero que obedece a una cadena de mandos intrincada pues enrieda a políticos, lobbystas, granjeros, empresarios, multinacionales, mercados...

Tomasi, apenas 50 años creo, se transformó en un ejemplo de lucha contra los pulpos del negocio del agro y el uso del glifosato en la producción de alimentos.

Muerto, sacrificado.

Patricio Eleisegui lo hizo protagonista de "Envenenados", libro en el cual describe con crudeza y documentación fehaciente los padecimientos sufridos por muchas víctimas.

Hace apenas un año, llegó al país un franchute, biólogo, Nicolas Defarge, quien luego de trabajar en su país y en el nuestro sobre los efectos nocivos de los agrotóxicos diagnosticó: “Lamentablemente Argentina es un laboratorio de Monsanto, Syngenta y otros, acá todos los OGM 
(Organismo genéticamente modificado) están autorizados y por lo tanto todos los pesticidas asociados a ese modelo también" (Jorgelina Hiba para el diario La Capital de Rosario, del 27 de marzo de 2017). Por ir a un extremo efectista pero convincente: hay productores que enfermaron de cáncer por usar un producto de Bayer, y luego ven que el remedio que tienen que tomar para curarse también es de Bayer. Se entiende la magnitud del tejido donde estamos entrampados...

Defarge, ponderó el trabajo realizado por el equipo de salud socioambiental de la Facultad de Medicina de la UNRosario dirigida el médico paranaense Damián Verzeñassi, que a través de campamentos sanitarios analizó en el terreno los efectos de los agroquímicos sobre casi 100 mil personas. Lo que ha permitido elaborar una foto muy precisa de los efectos tóxicos de la exposición prolongada a agroquímicos en el sur de la provincia de Santa Fe.

¿Se habrá enterado ya el biólogo francés de que ese equipo de médicxs santafesinxs hoy tiene prohibido el acceso al material por ellos investigado? Está bajo custodia en una oficina, y nadie tiene acceso a él. Hasta que se incendie el pabellón de la oficina que tenía en la UNR, digo yo.

Para ser más claro, cuán bruta y abierta es la injerencia de lo privado por sobre lo público, la influencia y el poder de las empresas sobre cualquier ley, funcionamiento administrativo, reglamento de repartición, o de lo que diga cualquiera, que resguarde información oficial, pagada por el Estado.

Porque el Doctor Verseñassi fue despojado de su oficina en la Facultad de Ciencia Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, su equipo de investigación de campo reducido, y la amenaza cierta de dejarlo al margen de los campamentos sanitarios y los relevamientos en distintos pueblos de Entre Ríos y Santa Fe para determinar la incidencia del glifosato sobre la prevalencia de casos de cáncer. Justo cuando había ido a La Haya a exponer en un tribunal internacional contra la multinacional Monsanto. Ah, el decano de Ciencias Médicas en ese momento era Ricardo Nidd.

Seguramente alguien, muchos, todos, saben quiénes presionaron para que esos materiales de gran importancia fueran ocultados a los investigadores y a su posible difusión... Y sospecharía que algo tienen que ver con los responsables del largo, lento, doloroso, asesinato cometido con Tomasi.

Larga es la lista de nombres que aparecerán, nos gusten o no, entre los que dejaron entrar a Monsanto al país, y con él sus patentes y tósigos. De quienes celebraron su estada en la Argentina y hasta participaron de inauguraciones de plantas. Larguísima también la de los productores, muy pocas veces difundida, y no sólo de la venenosa soja, ya que lo mismo ocurre con el maíz, y el ganado. Porque no es sólo la soja resistente al glifosato, hay otras plantas como maíz, algodón, canola.

Nombremos algunos de estos ricachones con culpas sin castigo: Manuel Santos Uribelarrea Balcarce, con 173.000 ha y 600 mil tons anuales de producción, es uno de los capos sojeros. Es nieto del exministro de Agricultura del gobierno de Agustín P. Justo, Luis Duhau, junto con Federico Pinedo instigadores del fallido asesinato de Lisandro de la Torre, que recayó al final en el senador Enzo Bardabehere en 1936, por el negociado infame de las carnes con Gran Bretaña (Tratado Roca-Runciman).

O Gustavo Grobocopatel, de Los Grobo, uno de los mayores grupos agropecuarios, que sembró en 2016 más de 90.000 hectáreas en la Argentina, 90.000 en Uruguay y 60.000 en Brasil. La firmita, pobrecita, factura casi 1.000 millones de dólares anuales.

El rubro máiz no le va en saga, como dijimos, y tambien usan venenos monsantos. Hay unos que se la llevan todita: la familia Elsztain, cuyo holding se llama Cresud. Eduardo Elsztain, con sus socios Marcos Marcelo Mindlin y el húngaro George Soros, toman en 1994 el control de la firma. Así, "los Elsztain" incrementan las existencias de tierras en hasta convertirse en los mayores terratenientes de la Pampa Húmeda. Los campos que poseen en los cuatro países donde opera, alcanzan 622.000 has. En la Argentina, destina más de 40.000 has al maíz, un tamaño equivalente a la Capital Federal.

Por este lado también hay que rastrear a los asesinos de Tomasi. Sin olvidar a los laboratorios, cuyos directivos dicen que el glifosato no mata. Y es interesante en este caso reparar en este video donde un hdp llamado Richard Moore, niega que el veneno sea perjudicial y acepta tomar un vaso con él, pero cuando llega el momento se niega rotundamente a probarlo.



(...) Pienso en esos hermanos comiendo lo que la tierra produce, las que fueron las más ricas del planeta y hoy están a punto de convertirse en piedra de tanto veneno acumulado. Asado con sabor a veneno, lechuga, ídem (el glifosato se deposita en las hojas, no entra por las raíces), las galletitas sabor a agente naranja.

Hubo una vez unos chacareros en Alcorta, Bigand, Chabás, Villa Mugueta, Chovet, Cañada, Carcarañá, Salto Grande... que pegaron el grito ante los abusos patronales por los arriendos abusivos, la explotación de los subarrendatarios. Los leoninos contratos, las altas rentas exigidas, la obligación de comprar herramientas e insumos a quienes los terratenientes quisieran, y hasta hacían responsable al trabajador por una mala cosecha. Ya no quedan de aquellos gringos peleadores como el tano Neri, que dicen ayudó a democratizar en algo la pampa, y fundó la Federación Agraria en nombre de los pequeños productores. Que ahora son y piensan como sus viejos enemigos, los terratenientes, aunque tengan tres hectáreas. Sí... defienden los biyetes con animalitos o verde franklin, washigton, hamilton y no recuerdo que otro presidente yanqui tiene los dólares que guardan bajo el colchón, a costa de la muerte de sus congéneres.

¿A cuánto cotiza hoy el Fabián Tomasi muerto, envenenado por los agrotóxicos en Basalvilbaso, Entre Ríos, desparramado por las avionetas de los chacareros para cuidar sus plantitas que alimentan chanchos chinos y les llenan los bolsillos? ¿Un efecto secundario de un remedio que cura el hambre en el mundo?, ¿Es una víctima colateral del progreso? ¿Es fuego amigo el que se cargó su osamenta?

Me pregunto porque me ronda la idea, y no sé si esa mosca zumbona que me inquiere tiene sentido o respuesta: ¿es, Fabián un contracommodity, ejemplo de un género hasta ahora excepcional que se está cocinando en los telares del infierno imperial, un bien o valor fruto de un experimento, de gran costo, cuyo objetivo es llegar a la indiferencia absoluta de todo, del monocultivo integral, sin diversidad en la unidad, sino uniformidad completa? La humanidad privada de su atributo, y dentro de ellas todos indefensos, todos cobayos, todos parte del mismo magma, comiendo lo mismo, viviendo en lugares calcados, bajo autopistas, uniformados, sin destino, al mismo precio, en el mercado de las ratas.

Eso quieren, lo que cueste menos, lo que les salga más barato, y les permita acumular todo a costa de lo que fuere. Hay un pecado mortal que lo representa: la avaricia.

¿Quien paga lo que nunca se paga?, ¿quien se hace responsable de este sufrimiento infligido a uno de los suyos por un sistema, admitido por gobiernos, por una sociedad, por un vecindario, por unos mangos más? ¿Garpa la bolsa cerealista de Rosario?

¿Garpa Felipe Solá, ministro de Menem, que permitió la introducción en el país de la soja transgénica y el Roundup?

¿Garpan los gobiernos que desde 1994 hasta hoy, hicieron la vista gorda ante el desastre del herbicida por ignorancia, conveniencia, ideología, pactos comerciales?

¿Garpa Cristina, cuando en nombre de la soberanía alimentaria, en 2012 grava la exportación de soja como para que se justifique la alianza entre Monsanto y su gobierno, o que anuncie el desarrollo de una semilla transgénica "nacional" (Intacta RR2 Pro), la nueva soja de Monsanto?

¿Garpan los guachos sin redención de la Facultad de Medicina de la Universidad de Rosario, que escondieron las investigaciones hechas sobre los efectos nocivos de estos tósigos? ¿Y los brockers, que bajan o suben el precio del commodity sin haber visto nunca un poroto de soja, solo por lo que muestran en la pantalla las cifras de los mercados?

sin olvidar al ubicuo Lino Barañao, el agente por antonomasia de Monsanto-Bayer, ya que se han fusionado.


    ...“No descubrí nada nuevo. Digo lo mismo que las familias que son fumigadas, sólo que lo confirmé en un laboratorio”, solía decir Andrés Carrasco. Y comenzó a ser invitado a cuanto encuentro había. Desde universidades y congresos científicos, hasta encuentros de asambleas socioambientales y escuelas fumigadas. Intentaba ir a todos lados, restando tiempo al laboratorio y a su familia.
    También ganó muchos enemigos. Los primeros que le salieron al cruce: las empresas de agroquímicos. Abogados de CASAFE (reúne a las grandes corporaciones del agro) llegaron hasta su laboratorio en la Facultad de Medicina y lo patotearon. Comenzó a recibir llamadas anónimas amenazantes. Y también lo desacreditó el ministro de Ciencia, Lino Barañao. Lo hizo, nada menos, que en el programa de Héctor Huergo, jefe de Clarín Rural y lobbysta de las empresas...

Hace unos días, el concejal justicialista Osvaldo Miatello respondió al ahora degradado secretario de Ciencia y Tecnología de la Nación, quien de paso por la ciudad afirmó que los concejales rosarinos que prohibieron el uso del glifosato “carecían de información adecuada” para tomar tal decisión. Miatello, preside la comisión de Ecología del Concejo Municipal, y apura a Barañao; “desconoce el principio precautorio”, que es un argumento legal que explicita que en caso de sospecha de daño provocado por alguna sustancia —en este caso el glifosato— hay que demostrar su inocuidad antes de usarlo, y no utilizarlo hasta que se demuestre su inocuidad. “El ministro dice que no está demostrado que ese herbicida hace mal, pero se olvida del principio precautorio que establece que tiene que ser al revés: primero hay que demostrar que determinada sustancia no hace daño”, según reportaje reciente leído en la web de Funda Vida.

La Argentina está entre los cuatro productores más grandes del planeta, pero la soja parece nuestra peor enemiga. Porque antes que nada, la planta es enemiga de la tierra, a la que le quita los nutrientes, el nitrógeno, y le devora la capa humífera, que en el norte de Buenos Aires, el sur de Santa Fe y en esa parte de Entre Ríos, también en otros sitios del país, antes de la llegada de esta planta maldita, tenía más de un metro de espesor... algo único, amigxs.

Aunque me importen un bledo en general, los agricultores son usados por las empresas en su competencia por producir ganancias -ganancias dije, no alimentos–, algo como bien sabemos, condiciona la soberanía de los países, y no sólo la alimentaria.

Ver hoy el efecto devastador producido en el suelo por el abuso, la exigencia, la verdadera explotación con sufrimiento y tortura y encadenamiento de la tierra madre, es desolador. Duele verle los huesos a la tierra, sin su pulpa de humus, cuando alguien levanta un campo... Necesita años de recuperación, queda como un pozo, donde manda la arcilla marrón. Dan ganas de llorar. O se llora nomas.

Con tres cosechas anuales, sin barbecho, engordada a nitrógeno, cuyos residuos de agrotóxicos llegan a las napas, a las corrientes de arroyos y ríos, a las costas del Paraná, al cuerpo de pacúes, surubíes, bagres, sábalos, al agua del río (pariente del mar) donde se pesca y es lo que se come en los restoranes de la costa...

El agua del Paraná Viejo, con la que hasta hace 25 años las familias hacían un pan especial, cuyo secreto estaba en las manos trabajadoras y en el agua que llegaba con sabor a río de veras, que tenía sabor a sábalo sin adobar, mezcla de verduras sumergidas, algas, crustáceos invisibles, fondos de arena, fuga de alevinos en cardumen, de tierras y sales arrastradas, del misterio llegado de la selva del norte. De allí nacía, ya no nace, el inolvidable perfume y sabor y textura del pan dulce del ruso (ruso de veras) Boris, que vivía en la isla, frente a Rosario, hasta donde íbamos algún sábado con la lancha a comprarle sus manjares de la tierra del agua. Un agua que hoy tiene más plomo, clorados y oreros componentes densos y nocivos presentes en los agrotóxicos que el suelo donde crece la soja.

Fabián Tomasi es más que su nombre por ahora, la foto que revela el costado mortal del modelo de producción agrícola del país, que puso en Entre Ríos su primer pie.

Tomasi, peón de fumigación con agroquímicos sobre cultivos transgénicos es otro más, el más oloroso, el que nos hace preguntar cómo se sostiene un país con un modelo que mata a los propios, como la inclusividad de la que disfrutamos olvidó y excluyó a los más desafortunados, los más ocultos, que no tiene más defensa que el esqueleto a la vista justo cuando les está por llegar el final, la hoguera, la ofrenda, el sacrificio que el negocio ofrece como prenda, al Malo. O como dijo el asesinado, con toda lucidez: " “Los afectados venimos a ser los efectos secundarios de los remedios, estamos dentro del proyecto de lo que debe ser, somos parte de lo planificado”.







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Bayer compra a Monsanto por 66.000 millones de dólares

Desde 1962 hasta 1971, durante la guerra de Vietnam, el gobierno de Estados Unidos llevó adelante la “Operación Ranch Hand”, una avanzada militar inspirada en el uso británico de sustancias tóxicas durante la llamada “Emergencia Malaya” de la década del 50. En el transcurso de la maniobra se rociaron más de 80 millones de litros de defoliantes y herbicidas sobre zonas rurales del país asiático en un intento por privar al Viet Cong de alimentos. Tras unos 20.000 vuelos de combate, el gobierno vietnamita estima que 400 000 personas fueron asesinadas o mutiladas y 500.000 niños nacieron con malformaciones congénitas como resultado de su uso. Aunque el gobierno de Estados Unidos ha rechazado estas cifras como poco fiables y poco realistas, la Cruz Roja calcula que hasta 1 millón de personas son discapacitadas o tienen problemas de salud debido al llamado “Agente Naranja”.

El Agente Naranja fue uno de los herbicidas utilizados por los militares estadounidenses para la operación. Es una mezcla 1:1 de dos herbicidas hormonales, 2,4-D y 2,4,5-T que, tal como se denunció posteriormente, estaban contaminados con TCDD, un compuesto de dioxina extremadamente tóxico. Se le dio ese nombre por las franjas de color naranja en los barriles utilizados para su transporte. La empresa encargada de fabricarlo, a pedido del Ministerio de Defensa, fue la que hoy se encarga de la alimentación de gran parte del planeta: Monsanto.

El Zyklon B es el nombre comercial de un pesticida a base de cianuro que se usó para controlar los parásitos responsables de la extensión de brotes de tifus en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. A través de un proceso de ensayo y error acabó convirtiéndose en uno de los principales instrumentos de la “solución final”. En enero o febrero de 1940 se utilizó sobre 250 niños gitanos de Brno en el campo de concentración de Buchenwald. En septiembre de 1941 se realizaron experimentos con Zyklon B en Auschwitz I. El 3 de Septiembre de ese año, 600 prisioneros de guerra soviéticos fueron gaseados con el pesticida, siendo ésta la primera experimentación con gas en aquel campo de concentración polaco.

El Zyklon B era fabricado por la compañía alemana IG Farben, unión de numerosas empresas entre las que estaba, mayoritariamente, la farmacéutica Bayer.


→  A partir de 2016, estas dos empresas se fusionaron y es probable que se estén a cargo del futuro de la alimentación global. Bayer adquirió Monsanto por 66.000 millones de dólares o 128 dólares por acción en metálico. Se espera que la operación esté cerrada para finales de 2017: Bayer hará una ampliación de capital y contratará un crédito puente de 57.000 millones de dólares de los bancos Merrill Lynch, Credit Suisse, Goldman Sachs, HSBC y JP Morgan.

La unión Bayer-Monsanto no es la primera del sector químico, que ya ha visto como los gigantes DuPont y Dow Chemical acordaron su fusión y la china ChemCHina se hizo con la suiza Syngenta...








NOTAS DE LA SAGA DEL GLIFOSATO...






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