ACTUALIZACIÓN

martes, 18 de marzo de 2014

CREO QUE VOY A VOLVER A METER LOS PIES EN EL AGUA...







A un año del trágico hecho, y en homenaje a todas las personas que lo padecimos, y que seguimos luchando para que los gobernantes cumplan con su deber y hagan las obras necesarias a fin de que esto no vuelva a ocurrir...



CRÓNICA DE UNA INUNDACIÓN NO ANUNCIADA
Por: Mariana Auad

Tomé solamente las llaves de casa, del auto, y nada más.

La lluvia comenzaba a anegar mi cuadra, salí de mi hogar en la calle Jaramillo para salvar mi auto. Me fui de casa con la tranquilidad que me daban las compuertas que, después de la inundación de hacía 4 meses atrás, había mandado a colocar. Ingenua yo, estaba convencida de que con ellas nunca más mi casa iba a inundarse. Eran aproximadamente las 5 de la mañana, sólo vestía un piloto encima de mi pijamita -musculosa y short- y en ojotas; parecerá éste un dato inútil, pero verán que no.

Mi hijo de 15 años dormía; pensé en despertarlo y avisarle, pero lo consideré inútil. Nada iba a pasar, yo volvería en 5 minutos, y no suelo ser alarmista…

Me subí al auto y manejé por Jaramillo, hasta Crámer. Allí doblé hasta García del Río. Algunos vecinos comenzaban a subir sus autos a la plazoleta del boulevard. Algo me dijo que no hiciera lo mismo. García del Río ya comenzaba a tener agua en su calzada. Seguí hasta Cabildo. No sabía para dónde ir, todas las calles tenían agua, y -pese a que hace 23 años que vivo en el barrio- no estaba segura de cuál sería el lugar ideal para estacionar. Anduve sin rumbo un rato, hasta que por fin, en Crámer al 4100, sentí que estaba como en una loma. Intuí que ahí no se inundaría.

Estacioné allí y comencé el regreso a casa caminando bajo la lluvia. Sería patético decir que me sentía como Fred Asteire, pero era un poco así. Al llegar nuevamente a García del Río, me encontré con un inesperado obstáculo: el agua me llegaba literalmente a la cintura.

Como generalmente nada me detiene, y yo no podía estar quieta ni esperar y como –además- poseo una peligrosa inconsciencia, decidí de todas maneras, intentar el cruce. No pude. Era imposible caminar con ojotas bajo el agua. Agudizando entonces mi inconsciencia no se me ocurrió mejor idea que sacármelas, pero tampoco. La corriente me arrastraba, me asustaba; no podía hacer equilibrio.

Algo resignada, volví sobre mis pasos. Me trepé a una columnita y decidí esperar. Suponía que el agua bajaría en cuestión de minutos. El panorama era desolador, por García del Río venían navegando, entre otras cosas, autos –sin sus choferes- que se chocaban con los árboles, con las columnas, o entre ellos, contenedores de basura, y hasta el baño químico del parque Saavedra! En el silencio de la noche podían oírse además todas las alarmas de los autos que sonaban, ahogados. Desde un balcón un grupo de adolescentes se reía al ver el espectáculo que no los afectaba. Recordé entonces cuando de niña disfrutaba viendo por la ventana el río que se formaba en la calle –Las Heras y Falucho- donde mis abuelos tenían su departamento de Mar del Plata. A pesar de que yo necesitaba ayuda, no les tuve bronca. Los entendí. Desde ese punto, lo que estaban viendo era un “espectáculo”.

Habrán pasado al menos 20 minutos y, lo que ilusamente suponía –que el agua bajaría enseguida- no sólo no ocurrió, sino que a cada minuto, el caudal crecía más y más.

Quise entonces comunicarme con mi hijo, por si se despertaba y no me encontraba… le quería contar lo que sucedía, decirle que yo estaba bien, pero que no podía llegar a casa.

Pedí prestado un teléfono, primero en una remisería que hay sobre la calle Crámer, pero me lo negaron aduciendo que si me abrían la puerta, les iba a entrar más agua...

Un señor de unos sesenta años, muy desvencijado, fumaba bajo su paraguas en la puerta de una casa. Sin dudarlo me acerqué a él y le pregunté si me prestaba el teléfono; con voz ronca me dijo “sí, vení” y me hizo entrar a su casa por un larguísimo y oscuro pasillo. Al llegar al fondo, una puerta daba a una cocina, me hizo pasar y me alcanzó un viejo teléfono inalámbrico.

Llamé a mi casa, pero la línea estaba fuera de servicio. Entonces se me ocurrió comunicarme con el celular de mi hijo, pero… ¡¡¡no recordaba su número de memoria!!! Error gravísimo al que me impulsó la tecnología.

Resignada, agradecí al hombre, y salí rauda otra vez a la calle. El agua seguía corriendo furiosa por García del Río. En ese momento, y sin saber qué hacer, recordé que tenía una vieja amiga, a la que hacía casi 7 años que no veía, quien vivía en Conesa y Paroissien, justo a media cuadra de donde empezaba la inundación. Sin pensar en ningún protocolo de visita, me dirigí rápidamente hacía allá. Toqué el timbre y me abrió sobresaltada. La tormenta no había logrado despertarla, yo sí.

Tal habrá sido el estado en que me encontró, que no dudó ni un instante, abrió la ducha, y me metió abajo del agua caliente. Luego me dio ropa seca, un té, y prendió la estufa. A pesar de que estaba tiritando, yo no había logrado darme cuenta de que estaba hipotérmica, creo que la desesperación hacía que no sintiera nada. Recuperado un poco de calor, y pese a sus intentos de que me quedara cerca de la estufa, volví a la calle, a intentar nuevamente cruzar. Ahora sí, podría ser más fácil, mi amiga me había dado un par de zapatilla que -aunque eran dos números más chicas- me facilitaba caminar bajo el agua. Seguía siendo imposible. El nivel no había bajado.

Volví otra vez mojada a la casa de mi amiga. Tenía, al menos, que poder comunicarme con mi hijo. Recordé que mi celular había quedado en la mesa de luz de mi habitación –de noche yo acostumbraba silenciarlo dejándolo en vibrador- imaginé que, tal vez, existía la remotísima posibilidad de que justo Mateo se hubiera levantado y al pasar por mi cuarto, escuchara la vibración o viera la luz de la llamada… Era sin duda casi un imposible, pero no perdía nada con intentarlo.

Llamé. Para mi sorpresa, atendió al instante. Con voz de desesperación escuché que me dijo “mamá la casa se está inundando”. Incrédula yo, y pensando “qué exagerado es”, le dije que eso era imposible, porque teníamos compuertas y, al segundo dije enojada, pensando en los 2000 pesos que me habían costado: ¿¿¿Queeeé... fallaron???.

Con la adultez que en muchos casos lo caracteriza, me respondió “No, tranquila mamá, las compuertas funcionaron, pero el agua está pasando por encima de ellas”. También me dijo que estaba literalmente encerrado porque la puerta de calle se había hinchado y no abría. Traté de tranquilizarlo, le dije que probara de pedirles ayuda a los vecinos de arriba, que intentara subir a su casa. Los llamó, les gritó desde el patio, ellos no lo escucharon. Pero –además- aunque lo hubieran oído, luego me confesó que no quería dejar a su perra sola.

Instalados, hijo y perra en mi cama procuraban darse calor y compañía. Su relato era escalofriante, me contaba como el colchón navegaba por el agua con ellos arriba, hasta como se caían la heladera y otros objetos de considerables dimensiones.

Si antes estaba ocupada por volver a casa, ahora estaba poseída por la desesperación. Salí una vez más a la calle a intentar cruzar. Varios vecinos comenzaban a apostarse en la orilla. Intenté arengarlos para que cruzáramos juntos, me respondían que no, que ellos esperarían; rogué a un policía de la Metro que hiciera algo, incluso le mentí, le dije que mi hijo tenía 12 años y estaba solo en casa, me contestó que ya había avisado a Defensa Civil pero que estaban colapsados.

Tomé la firme decisión: prefería morir intentándolo antes que seguir esperando sin hacer nada.

Respiré profundo y me prometí no volver atrás. Tuve que silenciar también mis oídos, ya que la gente me gritaba que no lo hiciera.

Con pasos lentos y buscando firmeza en la pisada, comencé el cruce. Me moría de miedo. Logré llegar con mucha dificultad hasta el primer banco de la plazoleta. Agarrarme de él me dio alivio, unos pocos pasos más y tendría otro para asirme. Debía también esquivar los objetos que venían navegando con fuerza por el agua.

Me quedaba otro tramo difícil, desde el último banco hasta cruzar el otro carril de García del Río y llegar así, a aferrarme de los barrotes de la reja de la casa umbanda. ¡¡¡Lo logré!!! Llegué a la otra orilla del “río”.

Creí que ya había pasado lo peor. Caminé por Conesa algo más de prisa, agarrándome de puertas, ventanas y paredes. Por fin llegué a la calle Manzanares. Confiada de que era angostita, me solté de la pared de la esquina y arremetí a cruzarla. Agrandada tal vez, porque ya había logrado atravesar la inmensa García del Río. Hice dos o tres pasos y, al bajar el cordón de la vereda, una fuerte correntada me hizo perder el equilibrio y mis pies dejaron de tocar el suelo. Tuve que nadar, hacia atrás, con las manos cerradas, como dos muñones, apretando fuertemente las llaves, que vaya a saber por qué, no me resignaba a perder.

Logré así llegar nuevamente a la esquina desde donde había partido.

Miré hacia la bocacalle de Manzanares y Zapiola y vi que un enorme camión estaba varado en la intersección de esas calles. Sin demasiado criterio, pensé que tal vez si lograba llegar hasta ahí, podría cruzar agarrándome del mismo.

Me encaminé hacia allí. Siempre aferrándome de puertas, ventanas, rejas y paredes, transité la cuadra. Algo de chapa que estaba sumergido bajo el agua hizo un tajo considerable en mi pierna. Sangraba. Pude ver con claridad la sangre cuando, para continuar con mi camino, tuve que pasar por arriba del capot de un auto, que el agua había subido a la vereda, y que impedía mi paso. El olor a podrido del agua, me hacía pensar que la herida muy pronto estaría infectada. No era agüita limpia de lluvia, ¡¡eran los inodoros de todo el barrio pasando por mi herida!!

Ya a escasos metros de la esquina, el agua volvió a golpearme. Lo que yo creía la salvación, era una trampa. El camión hacía una especie de dique, y la correntada que corría por atrás y por su trompa, tenía diez veces más fuerza que toda la que ya había vencido yo.

Me trepé a la ventana de una casa y me largué a llorar. Lloré absolutamente débil y abatida. Lloré de impotencia, de miedo, de angustia, de soledad, de desesperación. Lloré de todo.

Desde una terraza, en la vereda de enfrente, a los gritos, unos vecinos trataban de consolarme. Yo les pedía una soga. Ellos, o no me escuchaban, o no tendrían, o habrán pensado que era una tontería. Yo sabía que esa era una posible solución para poder cruzar.

Habré estado allí parada en la ventana aproximadamente 20, tal vez 30 minutos. El día estaba clareando ya. Hasta que, en un momento, miré a la esquina donde estaba el camión y vi a un señor que quería cruzar en el mismo sentido que yo necesitaba hacerlo. Rápidamente me dije: es mi salvación, ¡cruzo con él! Ni lerda ni perezosa, colgada desde la ventana, le grité “Señor, va a cruzar?” El hombre volteó hacia mí y descubrí en su rostro la cara de mi hermano. Rompí en llanto, ahora de la emoción. No podía creer que él –que vive a 40 km de distancia- estuviera ahí.

Salté de la ventana y “codé” (una mezcla de corrí y nadé) hacia él. No sin antes decirles a los vecinos que me miraban absortos “es mi hermano, es mi hermano!” (no sea cuestión que creyeran que me iba a los brazos de cualquiera…). Rápidamente nos agarramos fuerte y, mientras él me explicaba su técnica de cruce de ríos, aprendida como parte de un entrenamiento de rugby, en no sé qué río de Mendoza, yo sólo le decía “está bien, está bien, vamos”.

Me tomó con sus dos manos por la cintura, desde atrás. Me puso de frente a la corriente, y así dando pasos de costado, comenzamos a cruzar. Éramos dos, él pesa más de 90 kg. (¡yo no!), y pese a eso, la furia del agua nos hacía tambalear a ambos.

Con mucho esfuerzo logramos cruzar. Caminamos los 130 metros que faltaban para llegar a mi casa, de prisa y casi sin medir riesgos. Ahora ese trayecto con el agua por la cintura pero sin corriente, parecía facilísimo. Lo logramos, en cuestión de segundos yo me encontraba gritándole a mi hijo por la ventana de mi casa que da a la calle. Quería ser la mujer biónica para poder abrir los barrotes de la reja y sacarlo de ahí. Se asomó, lo vi, ¡¡¡estaba bien!!!

Intentamos abrir la puerta, pero realmente era imposible. Entramos entonces por la entrada lateral del pasillo común de los PH. Allí, una medianera linda con mi casa. No recuerdo cómo hice, pero en fracción de segundos estaba arriba de ella, y saltando al interior. Mateo me esperaba adentro, con el agua a la cintura. Lo abracé y lloré. Él me tranquilizaba y me pedía por favor que no me afligiera. Rápidamente fuimos hasta mi habitación, donde –ansiosa por escuchar mi voz- esperaba mi perra Caro, asustada sobre la balsa que era mi cama. La bese, la mimé, y le pedí que me esperara ahí un minuto. Dimos con Mateo una rápida recorrida por la casa, corroborando el horror. Todo flotaba o estaba sumergido, ya no se podía hacer nada. Lo mejor era irnos de ahí, salvarnos.

Agarramos los celulares, la correa de Caro y emprendimos la huida.

Mateo apiló las cuatro sillas de plástico y las puso bien cerca de la medianera, sosteniéndolas para que no flotaran. Yo alcé a la perra, me subí a las sillas, y con muchísimo esfuerzo la elevé por encima del muro y se la tiré a mi hermano que aguardaba del otro lado. La atajó. Ella con miedo, estaba casi inmóvil, y se aferraba con fuerza a quien la alzaba. Luego trepé yo, después Mateo, y ambos saltamos al pasillo común.

Salimos los cuatro a la calle, y caminamos agarrados, y con la perra upa de mi hermano, 250 metros, para el lado de la calle Núñez, donde por fin pudimos llegar a una vereda sin agua. Una vez ahí, nos abrazamos: estábamos en “tierra firme”. Yo me tuve que quedar descalza porque las zapatillas, dos números más chicos y mojadas, ya estaban lastimando mis pies.

Caminamos por Núñez hasta Cabildo, y por Cabildo hasta Ruiz Huidobro. El panorama era desolador.

Luego volvimos a subir por Ruiz Huidobro hasta Crámer donde yo había dejado estacionado mi auto, y dos cuadras más arriba, mi hermano había dejado el suyo. Por suerte él tenía en su baúl ropa seca para los tres. Yo no lograba sacar el frío de mi cuerpo. Tiritaba sin parar. Elegí mi vestuario que consistió en un pantalón pijama largo y una camiseta de rugby que olía a scroum. Cuidé bien que mi hijo y mi hermano no me vieran y, sin importarme nada más, me desnudé en medio de la calle, me sequé y me puse la ropa seca. Subimos luego a los autos, calefacción al máximo, y buscamos un bar cercano para poder tomar algo caliente. Nos acogió El Puntal de la calle Ramallo. Estacioné frente a su ventanal para que la perra nos viera y nosotros a ella. Parecíamos pordioseros, yo incluso seguía descalza.

El celular no dejaba de sonar, llamados, mensajes. La preocupación entre muchos de los que se habían ido enterando estaba instalada. Por suerte, estábamos a salvo y mi decisión de mudarnos ya había sido tomada en esa misma madrugada nefasta.

Exilio, mudanza y limpieza

A partir de ese día, nunca más volvimos a vivir en Jaramillo. Nos instalamos –perra incluida- en José Hernández, en mi antigua casa de infancia y juventud. Desde allí organicé lo que sería mi futura mudanza a nuestro nuevo hogar. Trasladé todos los objetos personales y la ropa para limpiarlos y recuperarlos. Pese a que muchos de mis amigos se llevaban a sus casas bolsos repletos de prendas mojadas y sucias para lavar, en José Hernández, el lavarropa no tenía descanso. Eran 4 o 5 lavados diarios. Había cosas secándose por toda la casa, en sillas, en manijas, en los balcones. Otros amigos, con grandes terrazas, optaron por llevarse papeles mojados que había que recuperar pacientemente.

Mientras tanto, en Jaramillo, se organizaban jornadas de limpieza que comenzaban a las 8 de la mañana y duraban hasta que se hacía de noche porque, ya sin luz, no se podía seguir.

Pasaron voluntariamente a ayudarme 5 ó 6 amigos por día. Las chicas venían con sus guantes de goma en la cartera, cada uno me regalaba todo el tiempo que podía, arremangándose para limpiar a mi par. El barro, la mugre y el asco eran interminables. Pasábamos horas sin casi hablarnos, sumidos en la tristeza y abocados sólo al trabajo como autómatas. No paraba de tirar todo tipo objetos, mi vida, mi pasado. En cada lugar iba encontrando cosas que el agua había destruido, y la tristeza y el llanto se apoderaban de mí a cada instante.

Mariana, vino todos los días, desde el primero a la primera hora. No me llamó, simplemente pasó para ver cómo estaba. Nunca imaginó ver lo que encontró. Se puede decir que se puso la “causa” al hombro. Sin pensarlo demasiado, y sin estar en sus planes de ese día, saltó la medianera –la puerta todavía no abría- y luego de abrazar mi llanto, colgó su carterita de Prune, arremangó su camisa de Kill, organizó eficazmente la tarea y nos pusimos manos a la obra. Yo no sabía por dónde empezar.

Suelo ser muy autosuficiente y nunca supe pedir. En esta ocasión, eso cambió. Para cada uno que preguntaba “qué necesitás”, yo tenía una respuesta. No hubo persona que se comunicara conmigo en esos días, a la que yo no tuviera algo para pedirle. Cada uno aportó todo el tiempo que podía. Yo ya lo sabía, pero esto me lo reconfirmó: ¡mis Amigos son el tesoro elegido más valioso de mi vida!

Cuatro días, o 40 horas fue lo que nos llevó limpiar toda la casa, todos los objetos, y deshacerme de todo lo que hubo que tirar. Luego de eso, la tarea seguiría con otras actividades. Había ahora que conseguir un lugar dónde vivir.

En esta etapa sentí mucho miedo, no me parecía sencillo encontrar un lugar para vivir. Por suerte, a mi hermano sí. Él la vio muy fácil, me la propuso y, sin pensarlo demasiado, me entregué a hacer lo que él decía. Nuevamente me sorprendí a mí misma con una actitud para nada propia de mi personalidad. Apenas 24 días después de la inundación, ya nos estábamos mudando a lo que sería nuestro nuevo hogar.

La felicidad comenzaba a apoderarse nuevamente de mi vida aunque, aún hoy, cada vez que recuerdo todo esto, no pueda evitar las lágrimas.

Hoy miro mi nueva casa y me encanta: está llena de Amigos. Porque, en esta nueva etapa, cada uno también hizo su aporte.

Cuatro meses después, paseando por el querido Parque Saavedra, me encontré con decenas de vecinos, a los que sus casas también, el agua las había invadido. Incluso de zonas que yo desconocía que se habían inundado. Los escuché atentamente. Pelean juntos porque no vuelva a pasar. Los abracé en silencio. Abracé la causa y me uní a la lucha. Desde ese día supe que la inundación sucedió en nuestras almas, nos marcó a fuego, y nos acompañará siempre.






CRÓNICA DE UNA INUNDACIÓN NO ANUNCIADA
Por: Mateo Auad

Desperté sobresaltado por un fuerte ruido. Luego descubrí que había sido el baúl donde guardaba los juguetes de mi niñez chocando contra mi cama. Fue un sonido muy fuerte, tan fuerte que bajé los pies de golpe e, inmediatamente sentí el frío del agua casi hasta mis rodillas: Mi casa estaba inundada por segunda vez.

Era de madrugada. Todo estaba oscuro. Empecé a gritar (eso me sorprendió a mí mismo, porque en la primera inundación mantuve la calma en todo momento). Gritaba llamando a mi mamá. Corrí en el agua hasta su habitación. Apenas abrí la puerta me lancé sobre su cama. No la encontré. Revolví las cobijas durante varios minutos, a sabiendas de que ella no estaba ahí. No se veía nada.

Volví a mi cuarto y levanté la persiana. En la calle, el agua llegaba casi hasta el techo de los autos. Esa imagen me desesperó. No había nadie allí afuera; solo podía oír el ruido de la corriente del agua, y algunas alarmas de autos sonando.

Tengo que llamar a mi mamá, avisarle lo que está pasando, me dije. La noche anterior ella me había avisado que cuando yo me levantara, no iba a estar porque tenía que buscar a una amiga en Ezeiza. Marqué rápidamente su número de celular mientras recorría la casa; al pasar por su habitación advertí que sobre la mesa de luz, algo se encendía: ¡era su teléfono que estaba allí, sonando en silencio! Mierda, se lo olvidó, pensé. Estaba desesperado, no sabía qué hacer, alguien tenía que enterarse de lo que estaba pasando. Llamé entonces a mi abuela. Me atendió su contestador; le dejé un mensaje. Llamé a mi papá, tenía el celular apagado.

No podía quedarme sin hacer nada. Pensé en salir a la calle y, cuando quise abrir la puerta no pude. Se había hinchado. Estaba literalmente encerrado. Eso me desesperó aún más.

Llamé al 911, les dije que estaba inundado y encerrado; me tomaron los datos y me dijeron que enviarían un equipo de rescate que, por supuesto, nunca llegó.

Traté de calmarme y pensé en salvar las cosas de la casa; comencé a levantar todo lo que me parecía más importante: los libros del colegio, la play (¡sí, aunque no lo crean, fue en ese orden!). El agua me llegaba a las rodillas, y mi perra me seguía por todas partes. Puse una toalla sobre la cama de mamá –no quería que me retara si la encontraba mojada por la perra- y le dije a Caro que se subiera.

Por fin la abuela devolvió mi llamado, le conté lo que estaba pasando. Intentó tranquilizarme… a su manera. Me dijo que pediría ayuda.

Me tiré en la cama de mamá con Caro, en varias partes, ya estaba húmeda. El agua seguía subiendo. Yo estaba todo mojado y tenía frío. Me abracé con mi perra buscando calor.

Con los dos celulares en las manos, intenté dormir, o al menos relajarme. En ese momento sonó el de mamá. Atendí enseguida: ¡era ella! Le conté lo que estaba pasando, y la muy incrédula me decía que no podía ser, que nuestra casa tenía compuertas anti inundación. Tuve que explicarle que el agua había superado el nivel de las compuertas. Se desesperó. Me contó que no podía llegar a casa, que las calles eran ríos correntosos que no podía cruzar. Pero que no iba a parar de intentarlo, traté de tranquilizarla diciéndoles que yo estaba bien.

Mamá llamaba cada vez que podía. Me sugirió que le pidiera ayuda a los vecinos de arriba, que viera la posibilidad de subir a su casa trepando desde el patio. Les grité desde allí. Nunca me escucharon. Igual, yo no iba a dejar a mi perra sola.

Mi abuela también me llamaba a cada rato. No sabía qué decirme. En su intento por calmarme se le ocurrió hacerme escuchar la radio: pude oír a un periodista que decía que en mi barrio, a causa de la inundación, había muerto una mujer… dejá abu -pensé- mejor contame el cuento de la buena pipa…

No sé si fue el frío, o los nervios, pero lo cierto es que no podía aguantar las ganas de ir baño; era imposible, el inodoro estaba cubierto totalmente de agua, con lo cual pensé: qué asco, toda la casa es un gran inodoro… yo igualmente, necesitaba sentarme. Usar el baño, era imposible, ¡tendría que buscar otro lugar!

Finalmente, luego de más de tres horas, escuché la voz de mi vieja, desde la calle, que me llamaba por la ventana de mi cuarto. Corrí hacía allí. Estaba con mi tío Martín a quien mi abuela le había avisado, y vino desde su casa, también para intentar “rescatarme”. Mi mamá lloraba.

Al no poder abrir la puerta de calle, entraron entonces por la del pasillo común que da a nuestro patio. Allí y más rápido de lo que pudiera imaginar, ya estaba mi vieja subida la medianera saltando para adentro. Nos abrazamos muy fuerte, la acompañé a recorrer la casa, fuimos primero a ver a la perra que, parada sobre la cama-balsa, movía la cola de la alegría de ver a mamá.

No dudamos ni por un segundo de qué hacer. Agarramos los celulares, a la perra y nos fuimos. Teníamos que volver a saltar el muro para salir. Lo más difícil fue sacar a Caro. La tuvimos que alzar y tirarla del otro lado de la pared para que la agarrase mi tío que nos esperaba allí. Fuimos los tres agarrados caminando varias cuadras, mi tío con Caro a upa, hasta llegar a una calle que ya no tenía agua.

Nunca más volvimos a vivir a Jaramillo, y pese a que ya pasó casi un año, aún conservo horribles sensaciones de ese día. Muchas veces, al despertar en mi nueva casa, y al bajarme de mi cama, creo que voy a volver a meter los pies en el agua.

A pesar que ahora vivo en un lindo lugar donde seguramente no voy a volver a inundarme, extraño mí cuarto, mis libros, mis dibujos; mi historia que el agua se llevó.

Hoy, aún después de todo lo vivido, me siento contento porque pudimos salir adelante gracias a todos los amigos que estuvieron desde el primer día ayudándonos.




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SIN RESPUESTAS A LAS INUNDACIONES DE SAAVEDRA.









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