domingo, 11 de diciembre de 2011

LA CIUDAD DE LAS BICICLETAS




Más metrobuses. Más bicisenda. Más policías, más botones antipánico, más cámaras de seguridad. Más carteles amarillos. Más PRO. Mauricio Macri asumió su segundo mandato al frente del gobierno porteño, para el que fue reelegido con el 64 por ciento de los votos. En su discurso de asunción llamó al diálogo con el gobierno nacional y abogó por la “unidad de los argentinos”.

El procesado jefe de Gobierno protagonizó un pequeño raid por la ciudad: asumió en la Legislatura, les tomó juramento a sus ministros entre globos amarillos en un coqueto centro de diseño en Barracas y luego participó de una función especial en el Teatro Colón. Al final, lo aplaudieron de pie e hizo una reverencia desde su palco como si fuera un músico más. El show debe continuar.

Primer acto

Se sabe: Macri eligió adelantar su jura un día, al igual que lo hizo en 2007, para que no coincida mediáticamente con la de Cristina Fernández de Kirchner. En una Legislatura plagada de invitados del macrismo, con el gabinete en pleno, el jefe de Gobierno hizo su entrada cerca de las 10 de la mañana, seguido por la vicejefa María Eugenia Vidal, que lucía un vestido blanco, zapatos lilas y cartera haciendo juego.

En su última sesión como vicepresidente primero, Oscar Moscariello invitó a jurar al “vicejefe” Mauricio Macri. Tras el furcio, juró Vidal –que se emocionó– y luego el líder del PRO. Los dos lo hicieron “por Dios, por la Patria y por los Santos Evangelios”. Hubo aplausos, ovaciones y Macri no se privó de recordar que Moscariello será “vicepresidente de Boca Juniors” junto con su consigliere Daniel “El Tano” Angelici.

“Me llena de orgullo asumir este segundo mandato”, sostuvo Macri, quien compitió por la reelección tras resignar su candidatura a presidente este año. Luego inició un discurso (de 19 minutos) que se centró en plantearse como conciliador y dialoguista frente al gobierno nacional. Pidió que los argentinos se entiendan entre sí, porque “ése es el gesto que nos va a llevar a superar las enemistades estériles y egoístas”. “De ahora en más, voy a trabajar por la unidad de todos los argentinos. Ese va a ser mi aporte. Superemos los fanatismos y los prejuicios y trabajemos juntos por el futuro”, afirmó el líder del PRO, en dirección al kirchnerismo. Lo escuchaban el nuevo vicepresidente primero, Cristian Ritondo, y el flamante jefe de bloque PRO, Fernando de Andreis.

Macri admitió que “el diálogo supone una nueva relación con el Gobierno. No abandonaremos nuestro rol de alternativa nacional. Debemos mantener nuestro punto de vista y debatirlos en un diálogo franco y sincero. La discrepancia no debe llevar al enfrentamiento personal”. Pidió que ese diálogo se dé “en el marco de un federalismo de verdad, sin imposiciones ni sometimientos” y la tribuna PRO lo aplaudió a rabiar. Los opositores, no. Como suele ocurrirle cuando lee su discurso, Macri se equivocó al leer y casi propone judicializar la política: “Perdón. No judicialicemos la política, ni politicemos la Justicia”. Lo escuchaba atento un ministro del Tribunal Superior de Justicia porteño que –según contó Macri sin identificarlo– después lo felicitó fervorosamente.

Por el lado de las propuestas concretas para la Ciudad, el discurso vino escaso. Macri mencionó la cuestión ambiental: “Estoy comprometido con la causa verde. Imagino una Buenos Aires 2015 llena de bicicletas”, propuso el jefe de Gobierno, que no hizo mención ni al Riachuelo ni a la Ley de Basura Cero. El líder del PRO también insistió sobre la seguridad y sobre la educación y la salud. Para lo último, dejó la cultura.

Al final de su discurso, Macri buscó la sorpresa: “Quiero reconocer un error”, dijo. Entre los opositores cruzaron miradas. “La visión eficientista no es la visión correcta, administrar la ciudad es una tarea humana”, filosofó Macri, que terminó pidiendo trabajar por la felicidad de los niños. Aplausos, y la comitiva partió para Barracas.

Segundo acto

Globos amarillos. Entre el público, en las paredes formando racimos. El perímetro del palco, rodeado de flores amarillas, prolijas, coquetas. Los ministros hicieron su entrada. Vidal los introdujo: “Nuestra austeridad es conocida, pero no es por eso que hago de locutora”, explicó la vicejefa, “Queríamos hacer algo más descontracturado”. “El equipo que eligió Mauricio nos hace sentir muy orgullosos. Sobre todo, son buenas personas”, afirmó Vidal. Los mencionó a todos por sus nombres, mientras los aplaudían. “Los miro uno a uno y de alguno me arrepiento”, bromeó Macri.

El jefe de Gobierno les tomó juramento mientras Vidal los iba llamando de una lista. El jefe de Gabinete Horacio Rodríguez Larreta y el ministro de Gobierno Emilio Monzó compitieron en aplausos. Larreta cometió el primer gag cuando se equivocó acerca del libro sobre el que tenía que firmar. “Esa era la de Jerusalén”, chanceó Macri. “No se entendió”, lo gastó al ministro de Cultura, Hernán Lombardi, luego de que jurara. Habituado al ambiente del rock, Lombardi bromeó con tirarse sobre la gente y que lo atajen. “(Federico) Suárez me había dicho que me porte bien”, dijo Macri, en referencia al asesor que escribe sus discursos. “Pero todas las cosas que hicieron bien me las acabo de olvidar. Empezamos de cero”, les avisó a sus funcionarios. Todo terminó con una canción de Las Pelotas.

En una breve conferencia de prensa, Macri prometió “en vez de una línea de metrobús, varias líneas de metrobús. Más cultura, más seguridad, más cuidado del medio ambiente, más cámaras, más botones antipánico, más policías”. Comentó que está estudiando el veto al registro de los trapitos y que en 2015 “vamos a sostener la alternativa nacional”. Sobre el traspaso del subte, pidió trabajar hasta dos meses en el plan de inversiones “y la cuestión gremial”. E insistió en dialogar con la Nación y la provincia de Buenos Aires. “Nuestros enemigos son la inflación y la pobreza, no Cristina”, lo traduciría después Cristian Ritondo. Fin de la conferencia. Todos al Colón.

Tercer acto

Como broche –y, de paso, como una forma de mostrar gestión– Macri cerró su asunción con una función extraordinaria en el Teatro Colón. Macri ya usó al coliseo porteño en el Bicentenario para exhibir un hit de su gobierno: la reparación del edificio. El jefe de Gobierno llegó de la mano de su esposa, seguido de cerca por el alcalde del DF, Marcelo Ebrard. Segundos más tarde, entraba sonriente Durán Barba. “No hay manera de no emocionarse al ver lo que es este maravilloso teatro”, twitteaba en tanto De Andreis, que se ubicó en un palco, al igual que el rabino Sergio Bergman.

El escenario estaba engalanado con la misma combinación de flores blancas y amarillas. Predominaban los vestidos de gala, los trajes y los peinados para la ocasión. No todos los funcionarios macristas estaban invitados, lo que provocó más de una discusión airada en el foyer del teatro. Bajo un cielo de pinturas medievales y arañas, escucharon a la Camerata Bariloche que interpretó una pieza de Astor Piazzolla, otra con un oboe como protagonista y Adiós Nonino para culminar. Macri no soltó la mano de Awada durante toda la función. Al final, la gente aplaudió al grupo de violinistas, chelistas y pianistas. Los músicos hicieron una reverencia. Antes de irse, Macri descubrió que lo aplaudían. Hizo su propio saludo, llevándose una mano al corazón.

Y telón.





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